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Diálogo interreligioso y tolerancia
por A. Jimenez
Diálogo interreilioso
DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y TOLERANCIA
 
            El diálogo interreligioso abre el camino hacia la compresión mutua y las relaciones institucionales y personales con otros creyentes, con los que se está dispuesto a colaborar en todo aquello que sea útil para fomentar la justicia, la paz, el desarrollo y bienestar de las personas. Incluso en el diálogo interreligioso se puede llegar a un testimonio recíproco de fe, que enriquezca la experiencia religiosa de los participantes. Para apuntar hacia estos objetivos, sin embargo, el diálogo interreligioso debe tener lugar en un clima de tolerancia.
 
            Ésta no supone renunciar a la propia fe, ni siquiera de forma táctica, ni la tolerancia es sinónimo de permisivismo o relativismo. Y por otro lado la tolerancia no consiste simplemente en soportar al que piensa o cree de forma distinta que yo.
 
            No sería congruente con la situación actual de pluralismo cultural y religiosos presentar la tolerancia como una actitud pasiva que acepta los hechos diferenciales desde la conciencia de la propia superioridad. La tolerancia en el momento presente debe apuntar hacia un proyecto realista y enriquecedor de interculturalidad, renunciando a la tentación de imponer mediante el poder coercitivo un modelo de convivencia. Pero esto exige al mismo tiempo definir con claridad los límites que no pueden ser traspasados, señalar taxativamente lo que podemos expresar como “humanamente intolerable”.
 
            La tolerancia ha de ser entendida como una actitud positiva de respeto y de aceptación cordial del otro, de reconocimiento de su realidad humana y religiosa. Ese respeto exigido por la tolerancia no es simplemente una forma de inhibición, de dejar hacer. El respeto a la otra persona, a sus convicciones y a su búsqueda de la verdad ha de estar sostenido también por la sinceridad, y esto supone claridad y valentía, pero también prudencia, sensibilidad, tacto, capacidad de empatía. Ésta facilita un verdadero conocimiento de la otra persona, al tomar conciencia de su modo de ser y de pensar, sintonizando con su mundo interior. Y eso es posible porque se crea una corriente afectiva apoyada en la experiencia recíproca de los sentimientos de cada uno.
 
            Y desde ahí la tolerancia podrá ser vivida como una apertura comprensiva a las posiciones ajenas para descubrir vestigios de verdad que iluminen a todos.
 
            Pero al mismo tiempo la tolerancia implica coherencia y fidelidad a mi opción religiosa, a mis convicciones, a mi conciencia. La tolerancia se ejerce desde la propia originalidad cristiana, sin ceder a falsos irenismos, o a inclinaciones sincretistas. La cuestión candente del reconocimiento de las otras religiones debe plantearse desde la fe. Y desde esa perspectiva creyente, con respeto y tolerancia, no podemos afirmar que todas las religiones son, en principio, caminos igualmente válidos hacia la salvación, sendas igualmente válidas hacia el Misterio. Ni relativismo ni banalización de las creencias. Desde la propia singularidad cristiana estoy disponible para un encuentro y un reconocimiento de la alteridad, sin perder las propias convicciones, sin despreciar las convicciones de los demás, ya que el cristiano reconoce en el mundo y en los misteriosos y largos procesos históricos que sostienen las religiones de hoy la presencia escondida de Dios.
 

            La comprensión y la apertura, el saber escuchar y descubrir la perspectiva, desde la que otros piensan y creen, una actitud de diálogo que renuncia a la imposición y a la astucia, la honestidad intelectual, el rechazo de prejuicios y caricaturas… conforman el marco decisivo de la tolerancia, imprescindible para un diálogo interreligioso, respetuoso y fecundo, a pesar de las legítimas diferencias y discrepancias.

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