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El surgimiento de una actitud dialogal
por F. Santos
Diálogo interreligioso
EL SURGIMIENTO DE UNA ACTITUD DIALOGAL
 
La Iglesia dialogante que surge del Concilio Vaticano II
 
            Tras un periodo de protesta de la Iglesia contra el mundo moderno y su posterior aislamiento, que concluyó en mutismo, surge la “conversión” a una actitud diferente: la dialogal. Los papas Juan XXIII y Pablo VI supieron ver que la revitalización de la Iglesia debía pasar por el diálogo con la sociedad, con el mundo y con el hombre moderno. Esta conversión fue realizada por el concilio Vaticano II, sobre todo adoptando una actitud de servicio, de apertura, de diálogo con el mundo, de interioridad y búsqueda de sentido a partir del encuentro más que de la confrontación.
 
            Antes de adentrarnos en los detalles concretos del diálogo interreligioso, conviene darse cuenta de la importancia del surgimiento de la actitud de diálogo en la Iglesia, y cómo esta actitud está a la base del desarrollo posterior de todo diálogo interreligioso. Con el concilio, la Iglesia pasa de ser desconfiada, hostil, defensiva a hacerse accesible y acogedora. Pasa de pretender saberlo todo, sin nada que aprender, a reconocer en la sociedad y la cultura contemporánea un interlocutor para un diálogo abierto. La Iglesia aprende a reconocer otras culturas, otras mentalidades, y lo que es más importante, comienza a confiar en ellas. El diálogo que había sido interrumpido durante demasiado tiempo con las ciencias y las filosofías, comienza a restablecerse. Surge el diálogo con las comunidades cristianas separadas, con las grandes religiones mundiales y también con el humanismo ateo.
 
            En la toma de conciencia de la Iglesia de la actitud dialogal, el año 1964 marca un punto de madurez, a juicio de los estudiosos de la Iglesia en el mundo actual. Es en este año, en el breve espacio de cuatro meses cuando aparecen importantes documentos que marcarán el desarrollo del diálogo en la Iglesia: en el concilio surge el esquema sobre la revelación entendida como diálogo entre Dios y los hombres por medio de Jesucristo, es promulgada la encíclica Ecclesiam suam, en la que se describe la actitud de la Iglesia frente al mundo como actitud de diálogo, y finalmente ve la luz la constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium y el decreto sobre el ecumenismo.
 
Carácter irreversible del estilo dialogante
 
            La encíclica Ecclesiam suam expresa los fundamentos teológicos de la actitud de diálogo que la Iglesia quiere que sea a partir de ese momento un sello de identidad. La Iglesia tiene que entrar en diálogo con el mundo en que vive. Tiene que hacerse palabra, mensaje, conversación –sugiere la encíclica. Y como prototipo de este estilo de diálogo se indica el diálogo de Dios mismo con los hombres, que llamamos revelación. La historia de la salvación narra este diálogo. En este diálogo Dios deja comprender algo de sí mismo. Dios Padre, por la mediación de Cristo en el Espíritu Santo se relaciona dialogalmente con el hombre y muestra a la Iglesia la relación que debe establecer y promover con la humanidad. El objeto del diálogo de Dios con el hombre es establecer una comunión de pensamiento y de vida. El diálogo así entendido es confidencia en el amor, es comunicación de la vida divina y participación en ella. No se puede, si esto es así, renunciar al diálogo en el modo de relacionarse la Iglesia con la humanidad. El modelo lo tiene en Dios mismo. El diálogo forma parte constitutiva del modo que tiene Dios mismo de relacionarse con la humanidad.
 
Los presupuestos del diálogo auténtico
 
             El diálogo como actitud presupone una voluntad de cortesía, estima, simpatía y bondad por parte de quien emprende el diálogo y debe ir acompañada de la actitud de escucha en quien habla, para poder disponer a la confianza, dejando espacio para la respuesta. El diálogo auténtico debe estar atento a no convertirse en monólogo, deseo de dominar al otro o negación del otro cerrándose al diálogo. La encíclica Ecclesiam suam resume en cuatro las cualidades del diálogo: la caridad, la mansedumbre, la confianza y la prudencia, a ejemplo del mismo Cristo. Tener en cuenta esta actitud, que surge del diálogo de Dios con el hombre, sienta las bases, por analogía para un fecundo diálogo interreligioso.                                                                                    

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